El sol se recostaba lánguido sobre esa tierra aragonesa en ese mes de marzo del año 1382. La primavera despejaba las tardías nubes del horizonte. Él observaba el tenue colorido de ese crepúsculo que lo acompañaba luego de su interminable tarea.
El galope de un corcel lo hizo retroceder temiendo por su integridad física. El jinete saltó, se le acercó e inquirió:
___Señor Vidal, ¿es usted, verdad?
___Sí, buen hombre, ¿es a mí quién buscas?___respondió el médico.
___Pues bien, verá usted…, Su Majestad, Pedro IV de Aragón y Doña Sibilia de Forcia, requieren de su presencia en Zaragoza al amanecer.
___Allí estaré- respondió.
Se oían los cascos del caballo alejándose. Vidal Gatenyo permaneció observando el río Cinca de su ciudad. Barbastro era su lugar en el mundo. Lejos habían quedado aquellos días en que su padre llegara a esa tierra que lo supo recibir luego de las persecuciones por cuestiones religiosas.
Eran judíos y el código familiar perduraría durante siglos, a pesar de innumerables inquisiciones y sufrimientos, jamás renegarían de su religión.
Vidal se había ganado la confianza absoluta del monarca. Pedro IV no era un hombre fácil, le decían el Ceremonioso aunque bajo esa armoniosa presencia a menudo afloraba el violento guerrero. Llamado también: Don Pedro el del puñal, con el cual a veces, se hería el mismo blandiéndolo o rasgando un pergamino.
Amanecía y, tal como se le hizo saber, el galeno desmontó frente a la puerta del palacio; entregó las riendas al joven sirviente.
___Dale de beber y trátalo bien, – le ordenó Vidal -¿Cómo está tu madre de esa dolencia?
___Muy bien Don Gatenyo, no se imagina cuán agradecida le está.
Sonrió el hombre y palmeando al muchacho se dirigió hacia les suntuosas escalinatas.
Trataba de adivinar cuál sería el motivo de esa llamada, ¿acaso el Rey se había lastimado otra vez?
___Buenas y santas mi leal amigo, hace tiempo que no nos vemos, aunque debemos continuar con esa partida de ajedrez interrumpida por el accidente de mi cochero. Las piezas están tal cual las hemos dejado…,–así lo recibía Pedro IV.
___Qué placer siento al verle tan ceremonioso, ello me indica que mi presencia aquí no se debe a alguna urgencia. Además de la partida de ajedrez, ¿por qué he sido llamado?
___Pues verás, mi preciado amigo, me llegaron noticias de que se produjeron algunos desmanes en diversos lugares de mi reino, van dirigidos a tu pueblo. De inmediato inicié los movimientos necesarios para que éste fuese protegido. Temo que mi fuerza no sea la misma de aquellos años en los que incorporé el reino de Mallorca y sus islas, los condados de Rosellón, Cerdaña, Confient y otros a la corona de Aragón.
Luego de agradecerle, Vidal Gatenyo, pensativo, desplazó la torre y le dijo: “jaque mate, mi Rey.”
Debía partir.
André Gattegno.
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