DE LA BIBLIOTECA DE FREDY: “La Hija del Judío” de Justo Sierra O’Reilly – Segunda Parte – Capítulo II por Fredy Cauich Valerio

fredy_cauich_valerioEn esta sección, publicaremos algunos viejos libros de interés para el mundo sefaradí, libros en castellano, como es “La Hija del Judío” del Dr. Justo Sierra O’Reilly y, sobre todo, en judeo-español, como “El Meam Loez” del Haham Huli o algunos otros libros editados en el Imperio Otomano, con el fin de darles nueva vida, dándolos a conocer a todas aquellas personas que de una u otra forma están interesados en la cultura sefaradí, o quieren aprender de ella, en este caso a través de la literatura.

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LA HIJA DEL JUDÍO

Segunda Parte – Capítulo II

 

— Con que …. ¿Me decías algo sobre el Conde de Peñalva?, preguntó el socio en tono vacilante, sentándose de nuevo al lado de su antiguo discípulo.

— Sí; mas lo que me ocurre en particular es demasiado sencillo. Por ejemplo, he oído decir que fue un mal gobernante, que el Cabildo de Mérida elevó a Madrid ciertos capítulos de grave acusación contra él, que sin duda le habrían traído una responsabilidad tremenda, si no hubiese muerto de la manera extraña y misteriosa que se refiere.

— ¡Extraña y misteriosa!, repuso el jesuita en voz remisa, y clavando sobre Don Luis una mirada fija e indagadora. ¡Extraña y misteriosa! Cabal, esa es su verdadera calificación. Mas, hijo mío, esa especie es muy delicada y no se puede hablar de ella a voces. ¿Sabes cómo murió el Conde de Peñalva?

— No, en verdad; yo sé únicamente que le hallaron muerto en su cama, con señales de haber sido asesinado; pero ni comprendo cuál haya sido el género de muerte que sufrió, ni los fundamentos que pueda tener ese rumor, ni los motivos que haya producido esta sospecha. Y si he de hablar a usted francamente, todas las noticias que en el asunto poseo, vienen de origen bastante equívoco del que hablamos; del hortelano de San Javier. Cuando yo y otros colegiales bajábamos al recreo en la huerta, señor Juan Perdomo, el isleño, mientras iba arrancando las espinacas y zanahorias, se divertía haciéndonos cuentos, algunos de los cuales eran de un carácter, no muy divertido que digamos, iSeñor Juan Perdomo sabe, o afecta saber, la crónica escandalosa de toda la provincia!

— ¡He aquí, pensó el padre Noriega, cómo del único punto que en el colegio hemos descuidado, ha podido venirnos un compromiso! ¡De la huerta del colegio! ¡Del bonachón de señor Juan Perdomo, el isleño, que parece incapaz de matar una mosca! ¡Ya pondremos a ello remedio! Con que ¿dices que el hortelano te

refería todas estas cosas?, preguntó, dirigiéndose entonces al colegial.

— Sí, señor; y aun más, agregaba el señor Juan Perdomo, a saber, que ese misterio, con todos sus pormenores, debía ser conocido de algunos padres de la Compañía, pues que en cierta noche tenebrosa, durante una de las horribles tempestades del mes de Julio, cierta persona embozada llamó a la portería del colegio; y después de cambiar algunas palabras en voz baja con el portero de la casa, fue guiada al saloncito de bóveda que sirve de antesacristía, y allí, entre suspiros y sollozos…

¡Silencio!, interrumpió el jesuita. No prosigas, por Dios, porque hay ciertos

misterios tan delicados, que la idea de

descubrirlos a fuerza de conjeturas, debía

desecharse como un mal pensamiento,

— ¡Silencio!, te repito. Si desgraciadamente supieses más de lo que al parecer sabes, no me atrevería a responder de tu vida. El hortelano es un charlatán que, confundiendo en uno varios sucesos aislados, ha forjado una historieta para divertirse a expensas de los niños, sin pensar en sus consecuencias.

— ¡Me deja usted pasmado!, dijo el colegial. Yo escuchaba la relación de esa historia, como la del «Duende de Valladolid» y otras muchas de las que he oído en mi infancia, sin figurarme que pudiese ser peligroso para mí, ni para ninguna otra persona, prestar atención al relato de un suceso semejante.

— Y si semejante suceso tuviese alguna conexión, directa o indirecta, contigo mismo, ¿qué pensarías? preguntó con énfasis el socio.

Don Luis sintió súbitamente en su corazón un vuelco poderoso, la sangre se detuvo en sus venas, como cuajada, herizósele el cabello, un sudor frío brotó de su frente y algunas vagas convulsiones agitaron su cuerpo.

Para que la impresión fuese más terrible en el ánimo del colegial, y la escena apareciese de un carácter más fantástico, la lámpara del gabinete del jesuita, lanzando un destello de luz vivísima, que reflejó brillantemente sobre la faz de los interlocutores, se extinguió de improviso, quedando la pieza en densa obscuridad.

Don Luis arrojó un grito de terror, lanzóse a la puerta violentamente y forzándola como pudo, salióse de la habitación, cruzó con rapidez los vastos claustros del colegio, y fue a encerrarse en su dormitorio.

La reflexión vino al momento.

Y Don Luis pensó, que había representado un papel verdaderamente ridículo, huyendo de la presencia del jesuita, y mostrando un terror pánico importuno, incivil y acaso perjudicial a sus miras. La especie de siniestra revelación que había escuchado, debiera animarle a permanecer por más tiempo, y descubrir por último el misterio. Misterio que, sin duda, podía interesarle sobremanera. El jesuita tenía desde luego una intención directa y previamente formada de revelar ese misterio, pues de otra suerte, ¿a qué fin preguntar si su antiguo alumno conocía las circunstancias del asesinato del Conde? ¿Con qué objeto significarle si realmente no quería hacer explicación alguna, que ese suceso misterioso tenía alguna conexión con él mismo, o con alguna persona que le fuese allegada?

Aquí el colegial se perdía en un laberinto intrincado de conjeturas, y todo el resto de la noche estuvo fluctuando entre las más extrañas y crueles ideas. Figurábase que el inexplicable asesinato del Conde habría sido el resultado de alguna intriga tenebrosa, en que su padre mismo, el cáustico Regidor de Campeche, hubiese tomado parta activa y directa. Porque, después de todo, no era improbable que el Conde hubiese atacado los Intereses o derechos de los ricos hombres de la provincia, mortificando su altanero orgullo, sin que éstos tuviesen esperanza de obtener reparo de la Corte, en donde sus quejas habrían sido despreciadas por el influjo que gozaba en ella la ilustre

familia de García Valdés y Osorio, una de las más nobles y poderosas del reino, y a la cual pertenecía el Conde de Peñalva. Recordaba, para ratificarse en esta idea siniestra, que los Cabildos de la ciudad y las dos villas de Campeche y Valladolid, hallábanse siempre en pugna constante con todos los Gobernadores de la provincia; y que éstos, desplegando una halación ultrajante, dejábanse llevar a veces de una pasión ciega y desenfrenada, precipitándose a cometer inauditos excesos y arbitrariedades sin número. Acaso Don Juan de Zubiaur, hombre inflexible y de una influencia decidida en el círculo de que era centro en Campeche, habría entrado en alguna combinación oculta con los nobles de Mérida para juzgar, sentenciar y ejecutar a aquel mal gobernante, que se había burlado impunemente de todas las quejas y acusaciones. Bien podría haber sido justo aquel acto tenebroso; pero verificado autoritativamente en la obscuridad del misterio, y sin ningún poder legal al efecto, por más que pudiese disculparse el hecho en los motivos que lo impulsaban, no por eso dejaba de ser en presencia de la ley un criminal asesinato, en el cual, si el padre de Don Luis estaba realmente ingerido, tenía sobrada razón el jesuita en creer, que había misterios cuya idea de descubrirlos por conjeturas, debía desecharse como un mal pensamiento.

Porque, en efecto, parecía imposible que la familia del Conde, tan arrogante y

poderosa, dejase de mover todos los resortes imaginables para descubrir a los

asesinos y hacerles aplicar, sin miramiento ni consideración, las infamantes penas

a que se hablan hecho acreedores. Así, pues, si todas las hipótesis que su imaginación exaltada, había representado al colegial, no eran infundadas, debía temer para su padre una muerte cruel, y para sí mismo infamia y miseria.

Sobre esa teoría, Don Luis formó la resolución de revestirse de firmeza y sacar del jesuita todo cuanto el honor y seguridad de su padre pudiese exigir. Creyó que era llegado el caso de obrar ya como un hombre, y arrostrar de frente con su destino.

Cuando hubo de venir a esta conclusión, la campana del colegio hacía señal para la misa de comunidad. Bajó a oírla Don Luis, y en seguida se dirigió resueltamente a la habitación del padre Noriega. El jesuita estaba rezando «horas» e indicó con la mano un asiento al colegial. Sentóse éste, no sin comenzar a sentirse un tanto desconcertado, por el suceso de la noche precedente.

— Y bien, ¿se pasó el susto?, preguntó el padre Noriega, después de algunos minutos, cerrando el diurno y haciendo sobre sí la señal de la cruz.

— Sí, señor; respondió cortado Don Luis; y suplico a usted me dispense aquella impertinencia. Yo no fui dueño de mí mismo en ese momento.

— No; eso no vale la pena. Si aquel fue un incidente ridículo, es disculpable en ti, hijo mío, que eres un niño. Quien no tiene disculpa soy yo, que con tanta gravedad y énfasis me puse a hacerte observaciones, sin pensar que esto es el coco de los muchachos asustadizos. Con que así, doblemos la hoja y hablemos de otra cosa. ¿Qué dice tu maestro el padre Lazcano? ¿Has ido a verle hoy?

Encendiósele el rostro de vergüenza al pobre colegial, y no hallando donde ocultarse, inclinó la cabeza y comenzó a llorar amargamente.

— ¡Es posible!, exclamó el jesuita. ¡Llorando el pobre muchacho!

— Lloro, padre reverendo, repuso Don Luis, alzando la cabeza y enjugando las lágrimas, no por lo que usted se figura, sino por el concepto humillante en que

me tiene. Lloro, porque no puedo hacer otra cosa.

Una señal de satisfacción se pintó en la frente del socio.

— Este es mi hombre; murmuró en voz baja, y dirigiéndose a Don Luis, prosiguió, — así me place, hijo mío. Me es muy satisfactorio conocer que te ruborizas de haber dado muestras de una pusilanimidad intempestiva, que acaso podría dañarte más de lo que piensas. Olvidemos todo esto.

— No, por Dios ; repuso el colegial. Todo, menos que olvidarlo. Al contrario, yo quiero tenerlo siempre en la memoria, para que me sirva de lección.

— Según eso puedo hablarte con franqueza.

— Ciertamente. Ofrezco a usted que no tendrá motivo jamás, de haber puesto en mí su confianza.

— Entonces…. Ya ves, aquí no podemos hablar con libertad, mucho menos a esta hora.

— Elija usted el tiempo y el lugar.

El jesuita miró con fija intensidad a Don Luis, como para cerciorarse mejor de su disposición. Satisfecho al parecer del resultado de su examen, apretóle la mano, diciéndole

— Ven a verme esta noche, a las once.

— Convenido.

Y Don Luís, haciendo una cortesía, salió de la habitación y se encaminó al refectorio.

Impaciente contó las horas todas del día, y las primeras de la noche. Llegada, en fin, la que había prefijado el jesuita, salió de su aposento sintiendo en el corazón las más vivas emociones. No era ya un afecto de curiosidad el que le movía. Iba a escuchar una extraña revelación, que tal vez podría influir en el curso de su vida.

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