
Tres meses después de la conquista de Granada en Enero, en 31 de Marzo de 1492, tras la firma de unas capitulaciones por la que los moriscos recibían permiso para permanecer en Castilla, los Reyes Católicos firman el decreto de Granada, por el que los judíos son conminados a convertirse o abandonar los reinos de Castilla y Aragón. No, decir que se perseguía la unidad de la fé, es reducir mucho aquel episodio.
No fue la primera ni las últimas de las expulsiones de judíos en europa. Ni siquiera en la península ibérica, donde ya habían sufrido al menos la expulsión de Alándalus durante el califato Almohade. Pero sí el número, el arraigo y el legado cultural de los judíos sefardíes, hicieron del decreto de Granada “el decreto de expulsión” por excelencia.
El clima antijudaico se había intensificado desde al menos el s XII en toda Europa. Acusaciones de envenenar pozos, de propagar la peste, de ritos de asesinato y canibalismo, de pactos con el diablo…
La creación de los guetos, las conversiones forzosas, matanzas…
Y no es precisamente que fueran pocos o fueran un elemento novedoso. En aquella época los judíos de Castilla y Aragón sumaban unos 200.000 y muchos tenían asiento desde época romana.
La mitad optó por el bautismo y salvo unos pocos privilegiados, pasó a engrosar las filas de la comunidad marrana tan vigilada por la Inquisición. De la otra mitad, muchos sufrieron robos, asaltos, fueron asesinados o vendidos como esclavos durante el viaje o al llegar a su destino.
El clima era tan hostil y la nostalgia tanta, que cerca de un 30% intentó sortear la prohibición a través de Portugal, fingiendo la conversión o falsificando su identidad. Se llamaron tornadizos. Una de las pocas comunidades aun más odiadas que los marranos.
Así, unos 70000 judíos españoles se dispersaron y formaron comunidades en los Países Bajos, Venecia, Grecia, Marruecos, Túnez, Egipto o Turquía.
Ibn Gabirol, Moshé de León, Avrabamel, Shaprut, Maimónides, Nahmánides, Zacuto, Nagrella… el legado de los sefardíes, pudo haber llegado a su fin. Y sin embargo el alto nivel de preparación como agricultores, artesanos y comerciantes, y sobre todo, el fuerte sentido de pertenencia y cohesión, les permitieron no solo no desaparecer, sino extender su influencia desde la India al Brasil y seguir produciendo un patrimonio musical y literario con dificil parangón.
Dolidos y al tiempo nostálgicos, los sefardíes pagarían el despecho extendiendo el folclore, la gastronomía y la lengua ladina o judeoespañola, por todo el mundo.
Raul Mendoza
eSefarad Noticias del Mundo Sefaradi