Volver a Sefarad

Más de 31.000 judíos sefardíes obtienen la nacionalidad española tras un procedimiento excepcional que ha durado cuatro años. «España ha cerrado una herida histórica»

Susana Zamora

Una joven sefardí firma el certificado de nacionalidad española en el consulado español de Estambul. Levit, con el exembajador de Israel y la presidenta de Sefarad-Aragón. Marcelo Benveniste y su esposa Liliana se fotografían en Cáceres. / R. C. | EFE

Cuando visita España, se siente «como en casa». En realidad, lo es. Siempre lo fue. «Siento un gran afecto por los españoles y cada cierto tiempo necesito volver, recorrer sus juderías y disfrutar del ambiente y del encanto de sus recónditas callejuelas», evoca Marcelo Benveniste (Buenos Aires, 1957). Pero desde hace dos años cuando aterriza en el aeropuerto madrileño de Barajas no muestra su pasaporte argentino, sino el español.

La ley 12/2015, de 24 de junio, que ha dado durante cuatro años un acceso privilegiado a la nacionalidad española a los sefardíes, le ha permitido hacerse español, pero sin verse obligado a renunciar a su ciudadanía de origen ni a residir en España. Fue de los primeros en tramitar la solicitud. Lo hizo por motivos sentimentales. «Habrá quienes lo hayan hecho para mejorar su situación económica o salir de un país en riesgo, pero a mí solo me ha movido el corazón», confiesa Benveniste. Para este argentino, esta ley «no es un gesto de perdón, porque lo que pasó ya no tiene remedio. Pero sí es el reconocimiento de un error histórico y eso hay pocos países que tengan la valentía de hacerlo», confiesa.

El Ministerio de Justicia ha recibido en estos cuatro años y, tras cerrarse el plazo el pasado 30 de septiembre, un total de 153.767 solicitudes de nacionalización. De ellas, 31.222 ya tienen el acta notarial, lo que supone en la práctica la concesión de la nacionalidad.

Benveniste es gerente de una empresa de seguridad en Argentina, uno de los países con mayor número de sefardíes. Hasta allí viajaron sus cuatro abuelos tras salir de Europa. «Ellos nacieron en el seno de la emblemática comunidad sefaradí de la isla de Rodas, cuyos orígenes se remontan a aquellos judíos expulsados de España en 1492. Sus descendientes empezaron a emigrar a principios del siglo XX a distintos países, muchos de ellos a Sudamérica. En 1944, la isla de Rodas fue aniquilada por los nazis, hubo 2.000 deportados y de ellos, solo sobrevivieron cien», lamenta Benveniste.

Pero el retorno a Sefarad, nombre bíblico que la tradición judía ha vinculado a la Península y que hoy, en hebreo moderno, es la denominación de España, ha sido un anhelo insatisfecho que ha acompañado a las comunidades judías descendientes de quienes fueron condenados a la expulsión a finales del siglo XV. Aunque los expertos no se ponen de acuerdo en las cifras, se calcula que de los 500.000 judíos que había en España en aquel momento, pudieron exiliarse unos 100.000. Hoy en el mundo, la comunidad sefardí está formada por unos tres millones y medio de personas.

Pero el retorno a Sefarad, nombre bíblico que la tradición judía ha vinculado a la Península y que hoy, en hebreo moderno, es la denominación de España, ha sido un anhelo insatisfecho que ha acompañado a las comunidades judías descendientes de quienes fueron condenados a la expulsión a finales del siglo XV. Aunque los expertos no se ponen de acuerdo en las cifras, se calcula que de los 500.000 judíos que había en España en aquel momento, pudieron exiliarse unos 100.000. Hoy en el mundo, la comunidad sefardí está formada por unos tres millones y medio de personas.

Sin rencor

Pese a la enorme herida que aquel hecho histórico abrió entre la madre patria y unos hijos que fueron echados de casa por tener otras convicciones religiosas, sus herederos no guardan rencor y han seguido fieles al legado que recibieron. «En mi casa siempre hemos seguido las tradiciones sefaradíes, empezando por la lengua, porque mis abuelos hablaban ladino perfectamente», recuerda Benveniste. Él creció escuchando este idioma, mezcla del español del siglo XV con vocablos del turco, francés y hebreo. «Se entiende bastante bien, porque se parece a un castellano mal hablado», bromea Benveniste, que lo sigue chapurreando «con cierta dificultad», aunque lo entiende a la perfección. Es su mujer la que lo utiliza, ya que es cantante profesional de repertorios sefaradí-ladino.

Es parte de la labor que emprendieron hace diez cuando crearon una asociación sin ánimo de lucro para difundir su cultura y continuar llevando el testigo que sus abuelos le dejaron cuando en 1929 fundaron la primera comunidad judía de Buenos Aires. Precisamente, una partida de nacimiento de los cuatro y su estrecho vínculo con la cultura sefaradí (prefiere este término al de sefardí por derivar de Sefarad) han ayudado a Marcelo y a su esposa a cumplir con los requisitos de un proceso de nacionalización arduo, lento y costoso (entre 3.000 y 5.000 euros), con demasiada burocracia, que algunos han tachado como «palos en las ruedas».

Así lo ha interpretado Julio Levit (Rosario, 1984), que ha visto con «resquemor» que el proceso de nacionalización haya tenido un plazo de tres años (prorrogado a un cuarto) «cuando cualquier descendiente de español puede pedir la nacionalidad cuando quiera y donde quiera», asegura este argentino, ya nacionalizado español.

Desde hace seis meses, vive en Alemania, en donde buscó refugio laboral después de un año intentándolo en Madrid. Ahora trabaja en el consulado español de Dusseldorf realizando labores administrativas. Estudió Periodismo en Argentina, pero cursó un doctorado en la Universidad de Zaragoza. Durante sus tres años de residencia en España, también fue vicepresidente de la ONG Sefarad Aragón. Por eso, además de una razón emocional y cultural, «porque hay un país que de nuevo nos abre sus puertas para reparar un error histórico», hay otra pasional: «Me encanta España y quiero vivir allí, por eso me pareció lo más natural solicitar la nacionalización», argumenta con nostalgia desde su residencia alemana.

Tras iniciar los trámites en 2017, Levit tardó un año en recabar toda la documentación. Tuvo que acreditar su origen sefardí, previa certificación de la Federación de Comunidades Judías de España (FCJE). Su presidente, Isaac Querub, reconoció el gesto de España, que por fin ha cerrado una herida histórica. «Los sefardíes ya no son españoles sin patria», aseveró.

Además, Levit tuvo que demostrar que había superado la prueba de conocimientos constitucionales y socioculturales de España (preguntan, por ejemplo, cuántos senadores eligen las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla o quién escribió ‘La Casa de Bernarda Alba’) y que tenía el diploma de español (en su caso, estaba exento al proceder de un país hispanohablante) que expide el Instituto Cervantes.

Sin embargo, lo que realmente ha echado para atrás a muchos sefardíes ha sido probar su «especial vinculación con España». «¿Les parece poco ser sefardíes para demostrar esa conexión? Pedían, por ejemplo, haber colaborado con instituciones españolas y, en mi caso, no hubo ningún problema por el tiempo que colaboré con una ONG en Aragón, pero un sefardí turco o canadiense, ¿cómo lo hace?», plantea.

Otro de los grandes obstáculos que han frenado la nacionalización ha sido la obligación de desplazarse hasta España para que un notario dé fe de la autenticidad de todo ese papeleo. «Resulta increíble, cuando en cada consulado hay notarios que pueden hacer esa labor», denuncia.

Es lo que le ha ocurrido a Boaz Medina (Israel, 1951), que atiende a este periódico desde la Embajada de Israel en Ruanda. Allí es funcionario desde hace cuatro años. El español con el que se expresa lo aprendió durante los años que pasó en México trabajando en labores de desarrollo agrícola que llevó a cabo en 14 compañías privadas del país. Junto a su hijo intentó obtener la nacionalidad española durante este proceso, pero al final desistió por la maraña burocrática a la que tuvo que enfrentarse. «Para nosotros era como cerrar un círculo», afirma Boaz, quien, a pesar de tener el estudio genealógico en su mano y la acreditación del idioma por el Instituto Cervantes de Tel Avid, decidió tirar la toalla a mitad del camino. Su hijo Jonathan, sin embargo, espera obtener un pasaporte europeo a través de Portugal. «Allí no tienes que hacer ningún examen. Acreditas tu origen, pagas a un abogado para que te haga los trámites y, al final, lo consigues», detalla Medina, quien reconoce que tener un pasaporte de la UE «abre muchas puertas». «Para un joven de 26 años como es mi hijo, que ha estudiado Relaciones Internacionales, representa una oportunidad de hacer negocios más fácilmente».

Desde el despacho de abogados Tolentino, que ha tramitado 600 expedientes de nacionalización de sefardíes, aclaran que esa certificación ante un notario en España «no es caprichosa; solo persigue evitar el fraude».

El Centro Sefarad-Israel colabora con el Ministerio de Asuntos Exteriores en la difusión de la cultura sefardí. Allí valoran positivamente la ley, pese a las dificultades del proceso. «España ha sido un ejemplo para otras naciones», asegura Esther Bendahan (Tetuán, 1964), directora de Cultura del centro. En ella nunca hubo resentimiento ni enojo: «Siempre me he considerado una española que nació en Marruecos».

Fuente: diariosur.

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One comment

  1. España ha venido recobrando a los largo de las últimas décadas, su vida judia, interrumpida abruptamente durante varios siglos, reanudando asi con su pasado, al tiempo que restañando heridas, hoy ya cicatrizádas, y abriendo cáuces de entendimiento y colaboracion para un futuro en el que los judios son llamados a desempeñar un papel relevante…
    Ahora tóca pues escribir entre todos, nuevas páginas de la historia , una historia que nos ha llevado a aprender de los errores del pasado, y que pretendemos en adelante recorrer juntos desde el respeto y la fraternidad …

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