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En la comarca de las Cinco Villas, mantiene intacto un patrimonio monumental que incluye judería, castillo y un conjunto de seis iglesias románicas excepcionales.

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Desde la carretera, Uncastillo aparece como un amontonamiento terroso, medio cubista, adherido a la Peña de Ayllón domina el caserío con su castillo en ruinas y sus dos torres que sobreviven al paso del tiempo: la del homenaje y la del palacete gótico. Los tejados se solapan a sus pies, creando un mosaico donde cada teja guarda la marca de décadas de granizo y sol inclemente, como si fueran anillos de un árbol cerámico. Las calles no siguen lógica urbana alguna porque fueron trazadas pensando en la defensa, no en la comodidad de quienes visitamos ahora el pueblo. Suben y bajan siguiendo los caprichos del terreno y la urgencia militar de quienes las construyeron.
Declarado Conjunto Histórico Artístico en 1966, el pueblo conserva una judería laberíntica con sinagoga y hasta seis iglesias románicas. Todo un patrimonio monumental del que se encarga la Fundación Uncastillo, con sede en la iglesia de San Miguel —cuya portada acabó vendida al Museo de Bellas Artes de Boston—. A pesar de ello, de los casi 4.000 habitantes que había en 1940, apenas quedarán unos 600.
CON UN LIBRO DE PIEDRA

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Pero es Santa María la que justifica el viaje. Declarada Bien de Interés Cultural, esta ex-colegiata de una sola nave no impresiona por su volumen sino por su escultura. La portada meridional, que se atribuye al Maestro de Olorón, está cuajada de figuras que se despliegan en tres arquivoltas y capiteles. Hay un curioso séquito: músicos, acróbatas, saltimbanquis, rostros burlescos, monstruos y sátiros, sirenas, campesinos, sacamuelas, mercaderes, ovejas y carneros, bebedores, bailarinas, avaros, gentes desesperadas que se tiran de los pelos, un hombre tocándole los senos a una mujer.
Frente a nosotros, la vida del cristiano durante la Edad Media, sus vicios y pasiones, sus trabajos y días, sus pecados y la necesidad de redimirlos, de buscar perdón y consuelo. En resumen, la eterna lucha entre el bien y el mal esculpida en piedra. Huizinga encontró aquí la síntesis perfecta del espíritu medieval tardío y lo definió con una frase memorable: el románico aragonés expresa en Santa María de Uncastillo «una euforia carnavalesca, un llanto y crujir de dientes».
LA CARNALIDAD

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En uno de los canecillos del ábside aparece una mujer sentada a caballo sobre un hombre mientras una serpiente le susurra al oído: es para muchos la perfecta representación de la lujuria. Porque en aquella época no se separaba lo sagrado de lo profano como hacemos nosotros. La iglesia era un libro de piedra que debía mostrar el mundo entero: lo divino arriba, en los tímpanos; lo pecaminoso abajo o en los márgenes, en los canecillos. La arquitectura se ocupaba de dar espacio a la narración.
Lo extraordinario de Santa María es que aquí conviven oficios que rara vez aparecían en la escultura religiosa. Está documentada la presencia de juglares desde 1062, fecha temprana. Las actividades de saltimbanquis, acróbatas y músicos profanos, gentes itinerantes mal vistas por la Iglesia, están perfectamente representadas en esta portada que atravesamos. El Maestro de Olorón talló un mundo que oscilaba entre el dolor más cruel y la alegría más desbordante.
Camino por estas calles empedradas que bajan desde el castillo, entre los palacios renacentistas con escudos desgastados y las pequeñas plazas, pienso en lo agotador que debía ser vivir según el espíritu medieval tardío al que se refirió Huizinga. En un momento, arriba, extasiado; al rato, descendiendo a los infiernos del dolor. Esa tensión.
Por José Alejandro Adamuz
Periodista de Viajes National Geographic
Fuente: Viajes de National Geographic | 5.1.2026
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