De Casablanca a Buenos Aires por Chantal El Harrar

Hacía un calor sofocante cuando llegué por primera vez a Buenos Aires, me acuerdo que era principios de febrero de 1982, un poco antes de la guerra de Malvinas y casi llegando a la democracia. Tenía apenas 21 años y el motivo que me trajo hasta este país tan lejano era casarme con un argentino que conocí en Israel, una suerte de Che Guevara vernáculo que se tuvo que exiliar en la época de la dictadura. Hablaba de política, militancia, desaparecidos; un mundo desconocido y fascinante para una oveja como yo que quería alejarse del rebaño.

Pero voy a empezar por el principio…

Nací en Marruecos, más precisamente en Casablanca, y me crié allí en el seno de una familia judía sefaradí muy arraigada a sus tradiciones. Hasta ahí pintaba una vida tranquila y casi aburrida para una chica tan inquieta.

La comunidad judía de Marruecos conoció su época de oro antes de los años 60´s (yo nací en 1961), hasta que se proclamó la independencia vivían unos 300.000 judíos, habían llegado por causa del Edicto de Expulsión de España firmado por Isabel la Católica. Debido a la cercanía con la Península eligieron el norte de Marruecos porque era apenas cruzar el Mediterráneo y construyeron juderías casi idénticas a las de Andalucía, hasta hoy se ve el parecido a las de Granada, Córdoba y Sevilla. Otros judíos ya estaban afincados más al sur, casi en las aldeas del Sahara, eran los que llegaron mucho tiempo antes huyendo de Palestina después de la destrucción del Segundo Templo de Jerusalém y otros llegaron de Egipto. Se establecieron allí por la fertilidad de las tierras, un oasis verde de palmerales y tolerancia, casi la tierra prometida. Convivían pacíficamente con las tribus bereberes instaladas ahí; no había llegado el islam todavía.

Se dedicaban principalmente a trabajar la tierra, algunos oficios y sobre todo al estudio de la Torá, eso hizo que conservarán sus tradiciones milenarias y de allí salieron muchos sabios y eruditos que hasta el día de hoy son venerados con peregrinaciones en distintos puntos del país en diferentes fechas del año. Un atractivo turístico y religioso importante hacia lugares remotos casi inexistentes en el mapa. Es admirable ver cómo después de tantos años persiste esta costumbre tan singular que atrae miles de fieles a visitar sus tumbas. Aterrizan aviones alterando la paz de estos pueblitos perdidos y sus habitantes se encargan de cuidar y mantener con mucho respeto y dedicación esos lugares sagrados. Leí que en uno de estos pueblos hay un hombre mayor que por su cuenta repasa con pintura fresca las letras en hebreo de las tumbas del cementerio desierto, porque ya no quedan judíos. Tiene la piel arrugada como un pergamino, por el sol y la arena del desierto; se emociona todavía de

la vida que había en este lugar hace más de 60 años y lo hace por lealtad y respeto a sus vecinos judíos que se fueron.

Las peregrinaciones duran varios días y es el encuentro anual de los que emigraron a otros países como Francia, Canadá, Estados Unidos e Israel. Hoy se calcula que unos 3.000 judíos todavía siguen viviendo en Marruecos, es uno de los países musulmanes donde conviven sin problema todas las religiones.

Mis ancestros, por parte de mi papá, eran de una ciudad llamada Ifran o Oufran según la pronunciación, más hacia el Sur, y la de mi mamá creo que eran descendientes de los judíos exiliados de España.

Una parte de Marruecos fué colonia francesa y la otra parte, más al norte, era colonia española. Eso dividía al país en 2 culturas completamente diferentes, claro eso lo supe de grande y unas cuantas cosas más, porque que aun viviendo en Marruecos era poco lo que se enseñaba sobre historia y geografía marroquí. Como colonia que éramos, íbamos a colegios franceses y se seguía el programa de Francia, aún después de su independencia, se tardó un tiempo implementar el sistema de educación autóctono marroquí, esa reforma educativa llevo muchos años.

Hasta hoy se habla francés, español y árabe marroquí, pero como yo era de la parte francesa, no hablaba el español.

Me trajo a Argentina un vuelo de Iberia que partió de Casablanca haciendo escala en Madrid, allí estuve unas cuantas horas paseando y luego tomé mi avión hacia Buenos Aires, era la primera vez que hacía un viaje tan largo.

¡Tan lejos quedaron mi familia, mis amigos, mi cultura! todavía sonaba en mi cabeza la música de la boda en dónde estuve apenas unos días antes de viajar. Era la boda de mi tío Maxime que se casaba por tercera vez con todo el folklore y las costumbres de una boda judeo-marroquí. Me acuerdo muy bien de ese casamiento y hasta lo que me puse para la sinagoga, que me quedaba tan bien, un trajecito de lana color azul hecho por mí, porque aprendí a coser desde muy chica. A los diez años comencé a cocer casi en forma profesional. Mi clienta más importante, aparte de las muñecas, era mi hermana 2 años menor que yo. Somos 5 hermanos.

El trajecito era de un azul profundo, el azul típico marroquí bien intenso, el que se ve en las postales y que usan en mi país para pintar puertas y ventanas, también usé un sombrero canotier color marfil, me gustaba tanto como me quedaba que decidí viajar vestida así, cómo se viajaba antes, muy elegantes, y además sabiendo que me venían a buscar al aeropuerto mis futuros suegros, mi cuñada y el que era mi novio, que es el padre de mis 2 hijos.

Entonces bajé del avión sin hablar español, sin saber dónde quedaba Argentina, y vestida con el traje azul y el sombrero canotier color marfil. Me impacta a mi misma la imagen y la historia, la juventud, la desfachatez, el coraje, la ingenuidad que, claro, en este momento sonaba a aventura. Típico de una chica joven que nunca midió los riesgos de alejarse tanto de su familia y costumbres. Hoy por hoy lo veo con otros ojos y mentalidad, no existía Internet ni llamada directa, tenía que ir a la Central telefónica de Entel para hablar con mis padres y recuerdo que la espera podía tardar 3 a 4 horas.

Eran otros tiempos tan distintos, ¡tan distinta era yo! Tan diferente me veía vestida con ropa de invierno en pleno verano porteño, tan distintas mis costumbres sefaradíes a las de la familia ashkenazí laica de mi novio. Por suerte me recibieron con afecto, para paliar un poco el vacío.

¡Hacía tanto calor este mes de febrero en Buenos Aires! y mis suegros habían interrumpido sus vacaciones sagradas en Miramar, dónde todos los años pasaban 2 meses en su departamento sobre la Costanera, y donde decidieron llevarme a conocer a los 2 o 3 días de haber llegado! Es como que todo estaba planificado así y entendí que eran sus costumbres, ¿y porque no? Acepté.

Es decir, conocí Miramar antes que Buenos Aires, y también supe de su apodo, Miramoishe, así caí de cabeza al patio del balneario Center Beach, con sus carpas y sombrillas y sobre todo sus habitantes. Principalmente ‘paisanos’ y casi todos conocidos de mis suegros. Se jugaban largos partidos de dominó, y se usaba el idish al enojarse cuando perdían.

Me desorientaba el amanecer sobre el mar y el atardecer sobre la ciudad, atrás de los edificios, para mí el atardecer era siempre sobre el mar.

Así entendí que estaba, literalmente, en el culo del mundo, mirando el mar bien fijo y calculando cuántos días me llevaría ir en barco derecho por el Atlántico y llegar a mi ciudad natal Casablanca, también bañada por el mismo Océano

Así y todo intentaba aclimatarme, y sobre todo entender y hablar el idioma, ya en ese mes de febrero había avanzado algo, y se lo debo a la buena onda y la cordialidad que le ponía la familia y la gente a enseñarme palabras, claro no era común ver extranjeros en Miramar, por suerte llegó marzo y pude por fin conocer Buenos Aires.

Empecé a descubrir la ciudad, con todo su atractivo arquitectónico, su cultura y su hermosa gente, tan amable y predispuesta para ayudarme siempre que preguntaba por alguna calle o colectivo, hasta me acompañaban. Así la recorrí

sola en la semana y los fines de semana eran salidas con mi novio que hablaba muy poco de francés y otro poco de hebreo, con los 2 idiomas no hacía uno, y por eso mucho más tarde, cuando aprendí el castellano, recién pudimos comunicarnos fluidamente, allí es donde percibí las diferencias, ya era tarde no quería defraudar a mis padres y dar marcha atrás.

Cómo me cautivaba Buenos Aires, la descubrí caminando mucho. Claro, tenía todo el tiempo y sobre todo el interés. Encontraba lugares que la familia de mi novio no conocía y siempre se sorprendían del modo en que me manejaba sola, y como me la rebusqué para encontrar un curso de español para extranjeros en el Instituto de Lenguas Vivas de la calle Cerrito, el único lugar en Buenos Aires que enseñaba a los extranjeros el español. Estamos hablando de aquellos tiempos donde no llegaban muchos turistas o estudiantes cómo ahora. No tiene nada que ver con las propuestas que ofrece hoy Buenos Aires para aprender el castellano.

Entonces me anoté en este curso y empecé rápidamente a estudiar el idioma, un curso al que solo asistían esposas de diplomáticos. Mi facilidad para los idiomas ayudó mucho a mí integración y mientras yo avanzaba en avión las otras iban en tren. Quiero decir que yo tenía la ventaja de vivir con una familia argentina que me hacía practicar a diario, las otras alumnas no tenían esa posibilidad familiar. El profesor -repiola- propuso complementar las clases haciendo que cada alumna invitara al resto a conocer la gastronomía de su país. Un día a la semana nos abrían sus mansiones para agasajarnos y así es que conocí la cocina china, tailandesa, japonesa, italiana, etc.

Hasta que me empecé a aburrir en clase porque yo iba más rápido que el resto con el aprendizaje del castellano, entonces cambié a otros cursos ligados a lo artístico, como escultura en cerámica y danza. Mientras tanto había empezado la guerra de Malvinas, obvio que yo no entendía mucho, ni los de acá tampoco, y menos mis padres que se comunicaban preocupados por las noticias que les llegaban, que aquí había una guerra. Los tranquilicé explicando que quedaba muy lejos de Buenos Aires.

Y de la mano de la derrota llegó la democracia, y me dejé llevar por los acontecimientos, siguiendo la corriente de una familia muy politizada. A medida que iba aprendiendo el idioma también aprendía de historia y política, por las conversaciones recurrentes en las sobremesas y la aplicación que le ponían para contarme la historia argentina y los nombres de presidentes, el fervor argentino se apoderaba de mí y me encontré festejando la democracia acompañando a mi novio a los recitales que daban en las plazas y que convocaba multitudes de jóvenes y no tanto, escuchando a Víctor Heredia, Mercedes Sosa, León Gieco y otros más. No podría poner aquí lo que aprendí, aparte del castellano, mí cabeza era una esponja. Y me empapé de tanta

información, fui testigo de un hecho histórico inolvidable para mi, una vibración única que nunca había experimentado antes, conocí a un país que vive todo con pasión, hasta su economía y su inflación.

Fijamos fecha de casamiento y empezamos a planificar la fiesta, no imaginaba otra cosa que hacerlo con mis tradiciones, era muy natural hacerlo como estaba acostumbrada, más que venía mí familia, padres y hermanos.

Hay una tradición muy conocida en el norte de África, y también en la India, de hacer varias fiestas y una en particular que se llama la Noche de Henna. Es muy colorida por dónde la mires, es previa a la boda y se viste a las novias con un vestido que se guarda por generaciones en las familias y que han usado la mamá, la abuela, la tatarabuela y más atrás. Es un vestido básicamente de terciopelo y bordado a mano con hilos de oro, que cuenta la historia con símbolos en distintas partes de la falda y del chaleco. El padre hace entrar a la novia, quien luce una corona bien alta, toda bordada con piedras, remarcando que siempre deberá marchar con dignidad para que nunca deba agachar su cabeza. Los padres le regalan joyas a la novia y se le tatúan las manos con henna como símbolo de buena suerte.

Ese vestido lo trajeron mis padres en avión con todo el resto de las cosas que transportaron con ellos, un sinfín de cajas de dulces marroquíes hechos por mí mamá y algunas tías y amigas que la fueron a ayudar previo al viaje. Es también una tradición para los buenos augurios ir a echar una mano para cocinar masitas con nueces, dátiles, almendras, miel, canela, azahar, clavo de olor… Bocados dulces en todas sus formas y variedades formando mosaicos de todos los colores acomodados en bandejas y platos que quedan decorados con arte y delicadeza.

Así de infinito era el amor que todos pusieron para que todo llegue hasta acá intacto, cajas y cajas de dulces que traían los olores de mí país y el savoir faire tradicional de su gente.

También mi familia quedó hechizada con Buenos Aires, hicimos muchas salidas. Todo el tiempo que duró su estadía pude disfrutar de su presencia, haciendo de guía y traductora, además como no hablaban el idioma no me despegue de ellos.

Mi historia tiene partes lindas y otras tristes. Lo más difícil fue el divorcio. Después de 14 años de matrimonio y 2 hijos varones no me quedaba otra cosa que quedarme aquí cuando más necesitaba de mi familia. Lo transité sola porque no les quería contar que me había separado, para eso acudí a mis fuerzas interiores, esas que uno nunca sabe que tiene hasta que las necesita.

También es triste no haber disfrutado mas de mis padres y no haber podido llegar a tiempo a sus entierros.

Ya voy por el tercer matrimonio, siempre con la fiesta y mis tradiciones. No renuncio a mi identidad. Para eso me ayudó mucho saber cocinar, bailar y coser, de este modo le transmití mi cultura a mis hijos, los 2 son bilingües y multiculturales, y ahora tengo también una nieta, tan dulce y sensible que un día me dijo con lágrimas en los ojos ¿Abuela como hiciste para dejar a toda tu familia y venirte a otro país? Yo no podría. Este planteo me lo hizo cuando tenía alrededor de 6 años. Me impactó tanto la pregunta que no podía contestarle, creo que siente mi desarraigo y mis tradiciones en todo lo que hago, no me doy cuenta de que está en mi ADN.

Los inmigrantes traemos historias de otros mundos, colores como el de mi traje azul, perfumes como los de mi cocina, músicas como las que bailo, hasta nuestra mirada es diferente.

Me dedico al diseño de ropa y también doy clases de danza oriental y sefaradí. Dar clase de baile es para mí conectarme con mi música y mi cultura a la vez que ayudo a los demás a cuidar su cuerpo y corregir posturas. Desarrollé mi propia técnica usando el arte de la danza para hacer clases amenas y accesibles a todas las edades, me emociona mucho ver cómo las personas de cierta edad logran conectar su alma y su cuerpo. No encontraban un espacio para bailar, no hay muchas ofertas como la que ofrezco para edades intermedias. Las mujeres sefaradíes que nacieron acá en Argentina mamaron la nostalgia de sus madres, tías y abuelas que venían de Turquía, Egipto, Siria, y el denominador común son recuerdos muy similares en sus costumbres, fiestas con música oriental y todas las comidas, hasta las de las bodas, que se hacían en las casas. Hago que cuenten sus historias y se emocionan con sus recuerdos. Brindar eso es el sostén de mi identidad al igual que para ellas, también ahora que soy más grande valoro más mi cultura, cada tanto pienso en un retorno que todavía no toma forma, de eso siempre se encargó el destino.

Con la pandemia me pasó algo curioso, siento que todo el mundo es un solo país, cuando hablo con mi familia que vive en Francia o Estados Unidos usan el mismo lenguaje: protocolo, confinamiento desconfinamiento, barbijo, alcohol en gel, la curva. Ahora nos une el virus y cumplimos con el protocolo. Mis hermanas me cuentan cómo pasan sus días desinfectando alimentos, con las restricciones para moverse a todos lados, aunque ahora allí están saliendo de a poco.

La semana pasada hable por Whatsapp con mi tío Maxime, quien todavía vive en Casablanca, me sorprendió volver a escuchar tantas veces la palabra

cuarentena, pandemia, la ciudad vacía de gente, el confinamiento, estamos en la fase N° tal , esperaba que me cuente algo distinto a lo que vivimos acá, como mas colorido, mas festivo, algo que me alegrara el corazón, solo alcanzó a decirme que no se autorizaban reuniones y que todo se festeja por Zoom.

Leí por allí que muchas cosas vinieron para quedarse después de la cuarentena, espero que pocas, y que se termine pronto el mal sueño que nos afecta a todos, me crié con la total libertad de decidir sobre mi futuro, sin `Zoom´, sin tecnología y sin fronteras. Espero no retroceder.

 

Chantal Sol El Harrar

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