Con sello del Santo Oficio: el engaño de los judíos conversos con la primera Biblia en español

Se publicó por primera vez en Ferrara, Italia: una traducción casi literal del hebreo que influiría en las siguientes versiones en castellano del libro sagrado.

Biblia de Ferrara

Por Julio Martín Alarcón

Ducado de Ferrara, Italia, 1553. Renata de Francia, protestante y esposa de Ercole II d’Este (1508-1559), cuarto duque de Ferrara, apoya la constitución de una comunidad sefardí en la ciudad italiana, algo que tendrá consecuencias imprevisibles para la cuestión de la fe cristiana. Allí, lejos de la península, un grupo de judíos conversos, liderados por Gracia Nasi —o Beatriz de Luna, según su nombre converso—, imprimirá la primera Biblia en español con una premisa falsa: que había sido aprobada por el Tribunal del Santo Oficio.

Así, la célebre Inquisición, creada precisamente para perseguir a los falsos conversos, era burlada con la impresión de esa primera Biblia en lengua vernácula, en español, que además afirmaba en sus primeras páginas contar con la aprobación del Tribunal de la Inquisición. ¿Quiénes eran los responsables? Pues Jerónimo Vargas, Duarte Pinel, Yom Tob Atías y Abraham Usque, que firmaban en el colofón de esas Biblias impresas, además de aparecer en las dedicatorias de algunos ejemplares: entre ellas, a la propia Gracia Nasi —Beatriz de Luna—, al duque Ercole d’Este o a su mujer, Renata de Francia. La Biblia primigenia en español, junto con la rocambolesca historia de su gestación, la ha reeditado ahora la Biblioteca Castro.

Para entender la cuestión de esos judíos en Ferrara y de esa traducción —prácticamente literal del hebreo—, que tendría influencia en traducciones posteriores y, con ello, en interpretaciones de las Sagradas Escrituras, hace falta remontarse a 1492. Con la conquista del reino nazarí de Granada, en enero de ese año, los reinos unidos de Castilla y Aragón consolidaron las fronteras de un territorio peninsular que, en lo esencial, serían ya inamovibles hasta hoy.

Eso es España: todo lo que no es Portugal, más las plazas de Ceuta y Melilla, las islas Baleares y las Canarias, que ya formaban parte de ese reino a finales del siglo XV. Hubo cambios, sí, pero en esencia ese era el germen de la nación española, como explicó el historiador Eric Hobsbawm en su momento: las naciones de España, Francia e Inglaterra, surgidas en el XIX, serían «las más antiguas» porque son inseparables de reinos unificados y consolidados desde la Edad Media.

La unificación no se limitó, sin embargo, al territorio, sino que buscó también la uniformidad religiosa. Doce años antes de que Isabel y Fernando expulsaran el islam de la península con la derrota de Boabdil, se había creado el Tribunal del Santo Oficio mediante una bula papal para perseguir a los falsos judíos conversos.

Después, con el Edicto de Granada de 1492, se ordenaría la expulsión de todos los judíos, lo que —según Paloma Díaz-Más, catedrática y académica de la RAE, autora del prólogo explicativo— agravaría el problema: «En contra de lo que se ha repetido muchas veces, el decreto no tenía como objetivo la conversión de los judíos, sino su expulsión irrevocable. La posibilidad de convertirse ni siquiera se menciona en el texto. No obstante, la realidad fue que un número indeterminado de judíos optó por la conversión precisamente para no tener que marcharse: una vez bautizados, la Iglesia no tenía más remedio que considerarlos cristianos, dejaban de ser oficialmente judíos y, por tanto, no les afectaba la orden de expulsión. La consecuencia fue que el decreto de expulsión vino a agravar el problema que pretendía resolver: el de los conversos que continuaban practicando el judaísmo, o practicaban una especie de religión sincrética entre judaísmo y cristianismo».

Algunos de estos judíos pasaron a Portugal; otros fueron directamente a Italia, y otros tantos se convirtieron y permanecieron en Castilla y Aragón bajo la lupa de la Santa Inquisición, que —a pesar de su pésima fama— garantizaba de hecho procesos inquisitoriales frente a posibles linchamientos. En cualquier caso, la acusación de herejía podía acabar con esos falsos conversos en la hoguera. Lo explica a El Confidencial por teléfono Paloma Díaz-Más: «Tanto estos judíos conversos portugueses como los que se habían convertido en Castilla o en Aragón siguieron apegados en realidad a la religión de sus orígenes, intentando mantenerla y practicarla dentro del ámbito doméstico, porque, claro, públicamente no se podía: estaba prohibido. Se habían cerrado y confiscado las sinagogas, no había rabinos, no se podían poseer textos en hebreo porque la Inquisición los confiscaba y te podían abrir un proceso inquisitorial».

Además, muchos de estos judíos conversos, que ya no sabían hebreo, necesitaban textos sagrados en español, ya que en Castilla y Aragón no se permitía imprimir una Biblia que no fuera en latín (siguiendo el marco que impondría el Concilio de Trento): «Es en ese contexto en el que se publica la Biblia de Ferrara, una traducción a nuestra lengua española —dicen ellos— de la Biblia, precisamente para uso de esos conversos. Pensando en aquellos que no sabían hebreo, pero querían leer la Biblia. Y entonces les proporcionan una traducción literal».

Parece que la empresa de traducir e imprimir esa Biblia fue patrocinada por Gracia Nasi (Beatriz de Luna), descendiente de judíos sefardíes que emigraron a Portugal tras la expulsión de los Reyes Católicos; judíos que se convirtieron allí, ya que la Inquisición también se establecería en Portugal a partir de la década de 1530. Contarían también con el apoyo del ducado de Ferrara, donde se asentó esa comunidad judía de origen sefardí. En el prólogo de esa Biblia, el autor anónimo explica que emprendió la tarea de traducirla al español para cubrir un vacío: se había impreso en otras lenguas vulgares, pero no en la española. Incluso declaró que había sido «vista y examinada por el oficio de la Inquisición». En realidad, era un farol, comenta Paloma Díaz-Más: una estrategia para proteger la obra y facilitar su difusión.

Bronzino, «Mujer de rojo con niño» (¿Gracia Nasi?), detalle
Graci Nasi, alias Beatriz de Luna, en un retrato de Bronzino. (Wikimedia Commons)

Aunque los firmantes de las dedicatorias fueran cuatro, en realidad podrían ser menos: Abraham Usque sería el mismo Duarte Pinel (converso portugués), y Yom Tob Atías parece ser el nombre judío de Jerónimo Vargas (un converso español), aunque sobre este punto hay discusión entre historiadores.

La traducción fue compleja porque se pretendió desde la literalidad del hebreo: «Las traducciones judías, y concretamente la Biblia de Ferrara, lo que hacen es que van siguiendo con palabras españolas muy literalmente el texto hebreo», detalla Paloma. «Entonces, a veces se producen construcciones que no solo a nosotros nos parecen arcaicas: a los lectores del siglo XVI, a los propios judeoconversos, les podían resultar extrañas, pero es que iban calcando exactamente las palabras hebreas y la construcción de la Biblia hebrea».

Al final, esa Biblia estaba por fin en español, en una lengua más popular que el latín, pero con problemas para sus lectores: «Fue una traducción muy literal, lo que se llamaba ‘latinar’: poner en lengua romance, ir poniendo exactamente el texto hebreo, trasladándolo palabra por palabra. Además, la de Ferrara dice no declarar un vocablo por dos; es decir: si en hebreo hay una palabra —lo cual es muy dificultoso—, no lo traduces por dos; si hay dos palabras, no lo traduces por una, y así sucesivamente. Entonces es un tipo de traducción muy literal del texto hebreo».

Lo más paradójico sería que esa Biblia en español, traducida por descendientes de sefardíes y destinada al uso de los falsos conversos judaizantes, acabaría influyendo en las posteriores, tal y como relata Paloma Díaz-Más: «La Biblia de Ferrara se publicó en una sola edición, pero luego se reimprimió varias veces en Ámsterdam, porque allí había también una comunidad sefardí importante formada, como la de Ferrara, sobre todo por conversos portugueses (ellos se llamaban la nación portuguesa), pero también por sefardíes. La tradición de traducciones de la Biblia al castellano empieza con la primera impresa, la de Ferrara, y después la de Casiodoro de Reina, en Basilea, en 1569. Y, a partir de ahí, claro, todas las traducciones posteriores al español tienen, de alguna manera, en cuenta esas traducciones anteriores».

Así, la peripecia de esos sefardíes en Ferrara —la comerciante Gracia Nasi, que acabaría en el Imperio otomano con sus negocios; Abraham Usque, que poco después tuvo que devolver los tipos latinos con los que imprimió la Biblia en español, limitándose a textos hebreos; o Yom Tob Atías— acabaría dejando huella en la historia de las traducciones y llegaría, de un modo u otro, hasta nuestros días.

Fuente: elconfidencial.com/cultura/

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